Hay formas de memoria que no caben en los libros de texto. La historieta cubana es una de ellas. Durante décadas, entre viñetas, globos de diálogo y trazos que parecían simples, Cuba construyó un universo gráfico propio: irónico, popular, políticamente vivo y profundamente enraizado en la cultura del país. Un universo que muchos crecimos consumiendo sin saber que estábamos ante algo que valía la pena preservar.
La caricatura y la historieta en Cuba tienen raíces más profundas de lo que suele reconocerse. Ya desde el siglo XIX, publicaciones como La Charanga o Don Junípero usaban la imagen humorística para comentar la realidad colonial. Con el siglo XX llegaron las revistas ilustradas, los suplementos infantiles, y una generación de dibujantes que fue construyendo un lenguaje visual cubano: ágil, expresivo, con mucho carácter.
El cómic cubano no copió a sus vecinos del norte ni a los europeos —aunque los conocía bien. Desarrolló personajes propios, con preocupaciones inherentes a la sociedad cubana. Los dibujantes crearon figuras que no necesitaban capas ni superpoderes porque su mayor virtud era funcionar como espejos de la sociedad, sus frustraciones y su ingenio.
Ese es el caso de Liborio, creado por Ricardo de la Torriente a principios del siglo XX. Este campesino de largas patillas y sombrero de yarey se convirtió en el termómetro político de la República; un símbolo nacional que demostraba que la historieta siempre fue algo más que mero entretenimiento. Años más tarde, en la convulsa década de los 50, René de la Nuez introdujo a El Loquito en el semanario Zig-Zag. En medio de una fuerte censura impuesta por la dictadura, este personaje de sombrerito de papel usaba sus delirios y su mundo surrealista como camuflaje perfecto para colar mensajes clandestinos de rebeldía y burla al régimen.
Con los años 70, la historieta se consolidó como una herramienta de educación y orgullo, dando vida al que quizás sea el héroe más querido de la isla: Elpidio Valdés. Salido de la pluma de Juan Padrón, el coronel mambí enseñó la historia de las guerras de independencia a machetazo limpio, con una autenticidad criolla tan brillante que sus frases pasaron a ser el idioma diario de los cubanos. A la épica mambisa le acompañó la cotidianidad. Matojo, creado por Manuel Lamar Cuervo ("Lillo"), se convirtió en el rostro de la infancia. Con sus espejuelos y pelo rizado, retrató la vida escolar, el barrio y la familia de su época sin más pretensiones que la risa pura. Y en el terreno de la fantasía, Jorge Oliver nos regaló al Capitán Plin, un gato verde que defendía la Isla del Coco y enseñó a una generación entera sobre valentía y compañerismo en las páginas de Zunzún.
Sus trabajos circularon en revistas, periódicos, suplementos escolares, llegando a manos de niños y adultos por igual. Y sin embargo, gran parte de ese material quedó disperso, fuera del alcance de quienes hoy quieren recuperarlo, pues cuando una familia emigra, raramente lleva consigo las colecciones de revistas. Cuando una institución cierra o se transforma, los archivos no siempre sobreviven. La historieta cubana —como otros patrimonios populares— ha enfrentado ese riesgo real de disolverse en el tiempo. Por eso documentar importa. No como ejercicio nostálgico, sino como acto de justicia cultural.
El Diccionario ilustrado de la historieta cubana (Vols. I y II), de Miguel Bonera Miranda, publicado dentro de la Colección Liborio, es hoy una de las pocas obras que intenta hacer ese trabajo de manera sistemática: más de 1 000 páginas que recorren personajes, autores, publicaciones y períodos de la historieta cubana con rigor y pasión por el tema. No es un investigación convertida en realidad que apela a la nostalgia ; es una herramienta de referencia que hace posible que alguien —ya sea en ia isla o en cualquier parte de la diáspora— pueda investigar, redescubrir y mantener vivo un patrimonio que no está hecho solo de palabras, sino que también está dibujado en cuadritos.